¿Qué hay? ¿De verdad me estás saludando de
esa manera?. No, para mí eso no es un saludo, la próxima vez que lo hagas
supondré que tengo cara de vendedor y que estás interesado en comprarme algo de
lo que crees que vendo, así que como no lo soy, sencillamente no contestaré.
Probablemente te sentirás igual que cuando
me dijiste “Hola, ¿cómo estás?” y yo te contesté con un seco “mal, gracias”; te
quedaste de una pieza, no supiste qué responderme, ni siquiera lograste
preguntar por qué, simplemente no te esperabas esa respuesta y lo único que
lograste hacer fue expulsar una sonrisa tonta que en nada se compadecía con mi
respuesta.
No sé por qué estoy por convencerme de que
la mitad de las cosas que hablamos en un día común y corriente se limitan a la
repetición de frases elaboradas sin sentido, a las cuales se les da un
significado muy diferente al que realmente tienen.
En defensa tuya te cuanto
que alguien también intentó un saludo, por llamarlo de algún modo, más cool,
preguntándome “¿cómo vas?”. Pues yo le contesté preguntándole que a dónde y
simplemente no entendió mí respuesta. Ese saludo para mi sugirió su deseo de conocer
cómo voy, es decir, cómo ir, y el ir es dirigirse hacia algún lugar, por eso le
contesté de esa forma, porque mi respuesta en ese caso puede ser muy relativa,
voy al trabajo en bus, a la tienda a pie y de vacaciones en avión o en carro.
Ah, pero no te preocupes,
los hay peores aún. Hace poco encontré a alguien que me saludó con un
simple "entonces". Ahí si me quedé en silencio, completamente perdido
e imposibilitado para responder algo. Estoy seguro que pensó que yo soy un
grosero, un orgulloso, o que estaba enojado por algo. Pero no es así, realmente
yo esperaba que el "entonces" fuera un conector que diera continuidad
a una historia que me había estado contando y que no había concluido, pero en
ese mismo momento yo no lograba recordarla y mucho menos lograba entender por
qué de un momento a otro sin ni siquiera tener la cortesía de saludar la iba a
reanudar.
Algo más popular y
masculino es el “¿bien o no?”. No, de ese no vale la pena decir mucho. Para mi
es incomprensible también, ni siquiera sé si están preguntando por su
apariencia o por la mía, por el clima, el tráfico o algún trabajo realizado,
por las tareas de sus hijos o por las calificaciones de alguien que conocemos
en común.
Finalmente, ¿cuántas de
las personas que saludo en un día realmente se interesan por saber si estoy
bien o no lo estoy?
Bueno, pero ya basta de
criticar todo, me da pena contigo. Comencemos nuestro diálogo ahora sí. Podemos
hacerlo preguntándonos treinta y cinco veces mutuamente: “¿Y… qué más?” a lo
cual nos responderemos siempre con un “bien gracias, ¿y tu qué cuentas?”. En
caso de que con total sinceridad lleguemos a siete veces en constante
repetición de estas frases, sencillamente asumiremos que no nos merecíamos más
que un levantamiento de cejas acompañado de una sonrisa hipócrita y la
continuación solitaria de nuestro camino.
Hum… ¿y qué más? ¿bien?