martes, 28 de mayo de 2013

Mi malestar con una de mis pasiones

Quiero comenzar mi día con un desahogo, un desahogo que atañe directamente a una de mis más grandes pasiones, un grito desesperado que a lo mejor busque la opinión de alguien inteligente e imparcial.

Se trata del "fútbol" de ese deporte que tanto amo, que tantos momentos de alegría, tristeza e incertidumbre me ha dado, esa distracción que me relaja o que me hace pasar momentos agradables de tardes sabatinas o domingueras y que en ocasiones se vuelve un excelente pretexto para compartir con mi hijo. Ese deporte culpable de que el 16 de diciembre de 2012 pueda ser recordado en mi vida como uno de los días más felices que he vivido.

Estoy de pelea con el fútbol, estoy muy disgustado con él. Pero el disgusto no es con la práctica del deporte en sí, mucho menos cuando acabo de salir campeón de un torneo, quizá el más importante que he jugado. No, la pelea es con otros aspectos que me voy a permitir mencionar a continuación:

Neymar, el brasilero, acaba de ser fichado por el Barcelona que pagó 100 millones de euros por su pase.

Por Falcao y James Rodríguez ha hecho lo propio el Mónaco FC por cifras igualmente alarmantes: 60 y 45 millones de euros respectivamente.

Toco apenas algo acerca de los sueldos que van a cobrar este par de muchachos que aun así siguen por debajo de unos cuantos. Este pobre muchacho que tanto admiro va a cobrar la pendejadita de 3.000 millones de pesos colombianos mensualmente. Sí, leyeron bien, les repito para que no haya dudas pero ahora lo pongo en letras, tres mil millones de pesos colombianos cada mes. Es decir, que se va a aganar 2.997 más que yo, o para consolarme, 2.920 más que el gerente de la empresa en que trabajo.

Ese es un ejemplo nada más, así hay muchos pero muchos jugadores en Europa. Ah claro! es que ellos son buenos y juegan en Europa, claro debe ser lo justo (o no tanto). Los de acá no están del todo mal, en Argentina, México o Brasil hay jugadores que pueden cobrar 500, 600, 700 o hasta 1.000 millones mensualmente. ¿Cómo les parecen las cifras? ¿Gigantes, no? es un crimen, porque en Argentina, México o Brasil, hay 20, 70 o 100 millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza. Ahora vámonos más cerca, vengámonos pa' ca pa'ste lado, si señores, para Colombia. Fredy Montero ¿les suena? delantero de Millonarios FC, el glorioso Millitos del alma, causante de todas mis emociones amorosas por este deporte, Fredy Montero, la brillante contratación de 2013, el mejor pago del país junto con Hernández del Medellín o Mcnelly del Nacional, este muchacho Montero, que ha hecho 5 goles en este campeonato, si, leyeron bien, 5 goles (los mismos que hice yo en este torneo que jugué) cobra la pendejadita de 220 millones de pesos al mes. ¿Qué tal, sorprendidos?

Por eso, creo yo, ayer sacaron el costo de los abonos para ver en las finales a  Millonarios FC, el equipo del que tengo un paquete accionario. El costo de una boleta de oriental (lo más barato) oscila aproximadamente en los 60.000 pesos por partido. Dinero que paga el trabajador, fanático, enamorado como yo, como mis amigos de la U (U de Universidad, no vayan a pensar mal), como Camilito, mi primo, cocinero de Carbon 100 o Carlos, outsourcing en donde trabajo, ellos devengan un milloncito de pesos mensual.

Tremendas cifras, ¿no? Odiosas cifras, inclementes cifras. Esta noche por ejemplo, si los jugadores peruanos de Garcilazo eliminan a Santafé recibirán solo por ese partido la bobadita de casi 200 millones de pesos colombianos cada uno. Mi pregunta es, ¿acaso entre Perú y Colombia, fácilmente no podremos reunir 35 millones de personas que vivan en condiciones de extrema pobreza? La respuesta es sí, tristemente compatriotas nuestros mueren de hambre todos los días o viven con menos de un dólar por día. Tenemos que preguntarnos los fanáticos del fútbol entonces, ¿por qué hay gente que roba y mata en nuestras calles?

El arte y el deporte para mí son las actividades que nos diferencian de los animales, están por encima de la capacidad de construir (hay animales ingenieros, como las abejas y algunos peces), de hablar (hay excelentes lenguajes como el del delfín), de amar o de convivir. El arte y el deporte realmente son manifestaciones de nuestros sentimientos, pasiones y habilidades. Pero porqué tiene que ser tan costoso, por qué tiene que ser de exclusivo acceso para gente adinerada, o ¿quién creen que puede pagar una boleta para ver al Barcelona?

Mi encrucijada radica en eso, en saber si estoy contribuyendo a tanta desigualdad patrocinando y admirando este deporte, si es necesario seguir sumergido en este tipo de emociones y sentimientos que de una u otra manera son culpables de que en este momento millones de personas alrededor del mundo no hayan desayunado y no tengan fijo el almuerzo. De que muchas de esas personas estén matando a otras por salvar su vida o apaciguar su hambre.



Es injusto el mundo, demasiado para mi gusto, nuestros modelos económicos son asesinos y mezquinos. No quiero hacer parte de esto, no me parece justo. Los deportistas son gente preparada, disciplinada y corajuda, se merecen muchas cosas buenas y deben cobrar mucho dinero por su actividad, pero ¿de verdad es necesario que sea tanto? Yo no lo creo. Y eso que acá no hablé de publicidad o mafias. Aunque para cerrar el tema dejo un par de posdatas o adendas, como lo hacen los columnistas de El Espectador: Acaba de salir la lista de convocados a la selección Colombia para los próximos partidos de eliminatorias, la novedad está en dos jugadores que se llaman Stefan Medina y Alexander Mejía que militan en el Atlético Nacional, dos jugadores que son convocados por primera vez a selecciones Colombia, dos jugadores sobre los cuales acabo de hacer una encuesta que arroja que ni siquiera los mismos hinchas de Nacional saben quiénes son. Ah pero claro, juegan en el equipo del que es dueño el Dr. Ardila Lulle, dueño también del canal que transmite abiertamente los partidos de nuestro fútbol, dueño de la empresa que patrocina y le da el nombre al torneo y que es la misma que patrocina su equipo, dueño además de otro equipo que recién ascendió y que es la B del Nacional y se llama Alianza Petrolera. Triste, muy triste y desilusionador pensar en esta maldita mafia que nos carcome en todos los ámbitos del país. Última posdata, un árbitro en Colombia, de buena categoría, que pite en el torneo profesional gana aproximadamente entre 800.000 y 1.000.000 de pesos por partido, en Argentina es donde mejor les pagan en suramérica y esa cifra no es superior a 1.500.000 de pesos colombianos y eso que ellos también salen en el televisor y también tienen que prepararse y tener buen estado físico, hasta en eso hay mezquindad. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Zapaticos de luces


Quizá siendo niños todos anhelamos muchísimos objetos o regalos, que por alguna razón, jamás tuvimos la oportunidad de tener. Puedo perfectamente recordar algunos momentos en que de pie junto a mi cama, con el cuerpo completamente estático y la mirada concentrada en algún punto específico de mi cuarto me imaginaba el instante preciso en que recibiría el regalo, lo desempacaría, lo contemplaría de cerca, lo acercaría a mi nariz para sentir su aroma y lo acariciaría al tiempo que le diría un par de palabras de cariño antes de trasladarlo al lugar que previamente ya le había reservado dentro del gran universo mágico que componían los objetos de mi organizado cuarto.

Pueden existir diferentes razones por las cuales jamás pude llegar a tener esos regalos, algunas podrían ser de tipo económico, otras por falta de merecimiento, otras estarían marcadas por la poca oferta del objeto en cuestión e incluso algunas, ahora que lo pienso, se debían a que simplemente los dejé para que mis padres lo adivinaran, aun sin que se tratara de algo lo suficientemente obvio. Pero hay una de esas razones que solo hasta ahora con madurez puedo deducir y está relacionada directamente con el hecho de que mis padres siempre tuvieron suficiente tiempo para mí y jamás sintieron la necesidad de reponerlo con regalos.

Me voy a permitir mencionar apenas uno de esos regalos que nunca llegaron y que de una u otra manera siempre he recordado:

Deseé profundamente poder tener un par de tenis de luces, de esos que alumbraban con una luz roja en cada paso que se daba, para ese entonces, mis anhelados tenis eran ofrecidos tan solo por la marca americana “L A Gear”, que sobra decir, era demasiado costosa y prácticamente inalcanzable para una familia de clase media colombiana. Con la conciencia plena de que el costo sería un impedimento insuperable para obtenerlos me di a la tarea de emprender su fabricación puesto que contaba con los elementos necesarios para ello, un par de tenis viejos pero en buen estado, dos bombillos extraídos de unas linternas que andaban abandonadas en algún cajón, un poco de cable, cinta y un par de pilas. Solo faltaba el conocimiento de electrónica, que a falta de una herramienta como el Internet  llegó como consecuencia de la desarmada de un carrito de pilas que por obvias razones solo hasta ese momento funcionó. Con todos los implementos sobre el escritorio de trabajo, con el conocimiento fresco en mi cabeza y con una ilusión gigante en el corazón decidí elaborar la lista de actividades y pasos a seguir. Pero es aquí cuando el desaliento y la tristeza llegan de nuevo a mi alma, bastó con que me hiciera apenas tres preguntas para que con rabia desechara de inmediato mi ambicioso proyecto: ¿de qué tamaño sería la dolorosa perforación que debía hacer a los zapatos? ¿en dónde quedarían ancladas las pilas, dentro o fuera de los zapatos? ¿cómo le daría la intermitencia a los bombillos de tal manera que no parecieran dos cascos de minero puestos en cada uno de mis pies? Cada pregunta me surgía de la nada, llegaban y yo las percibía como percibe un boxeador los golpes que lo dejarán knock out después de ir ganando la pelea.

Años más tarde, cuando mi proyecto se encontraba por supuesto desechado y mi deseo prácticamente olvidado, por alguna razón pude enterarme que por fin el mercado y la globalización le dieron paso a muchas otras marcas de tenis de luces, muchas de ellas no tan finas e incluso algunas de fabricación nacional, los costos de esos anhelados y lujosos zapatos bajaron tanto que cualquier familia colombiana con un ingreso incluso un poco menor al del promedio tendría la oportunidad de acceder a ellos. Para ese entonces yo debía tener aproximadamente 16 años, de tal manera que más que vergonzoso e infantil sería un acto completamente ridículo pretender salir con mi novia y preparar para ello mi mejor pantalón, una camiseta blanca sin estampado y una camisa a cuadros que luciría desabotonada dando a mi aspecto un tinte moderno y juvenil que sería complementado por unos hermosos tenis de luces que no otorgarían ni una mínima parte de la discreción que se le quiere imprimir a ese tipo de citas. Claramente primó la madurez, asumí nuevamente que jamás los iba a tener.

Mi hijo ya tuvo un par de tenis de luces, no de la marca “L A Gear” pero finalmente alumbraban de una manera espectacular, con una intermitencia secuencial e incluso con luces azules y rojas que prácticamente se fundían en un hermoso color violeta como de patrulla de policía de juguete. Muy probablemente él jamás comprendió por qué le pedía cien veces al día que saltara o corriera con sus tenis para verlos alumbrar, muy probablemente no comprendió tampoco que sus zapaticos iluminaban algo más que su andar.

martes, 2 de octubre de 2012

Los "anti-modelos"


Dentro del gran número de actitudes irrespetuosas y en ocasiones demenciales que tenemos los seres humanos hay muchas que de verdad me incomodan. Sobre ellas en particular desde hace algunos años he tomado una actitud observadora y analítica, a veces incluso trato de percatarme de su presencia como escondiéndome de la persona que las reproduce y me he dado cuenta que dentro de ese análisis está involucrado el hecho de mirarlas con los ojos un poco más cerrados y la frente un tanto arrugada, casi como se podría suponer que mira un espía o un detective secreto.

Este ejercicio me ha traído grandes beneficios, físicamente por ejemplo me ha permitido ampliar mi campo visual porque he obligado a mis ojos a desplazarse en ángulos mucho más extensos y a mis oídos los he afinado de tal manera que percibo con mayor facilidad sonidos y voces. También me ha traído beneficios mentales porque me permite crear historias que puedo comentar o debatir con el ser que más me gusta hacerlo, conmigo mismo; y digo que son beneficios porque en ocasiones esta práctica se convierte en compañía en momentos de aburrimiento o en pretexto para desplazar algunos pensamientos que a veces prefiero alejar.

Pero en defensa propia, porque me imagino que ya estarán pensando que tengo las actitudes de un chismoso que observa todo y que escucha conversaciones ajenas, por ejemplo, de la gente que está en la fila de un banco o cerca de nosotros en un bus, o de los que hablan por celular en algún lugar público (cosas que me imagino, ninguno de ustedes hace) debo decir que no es el simple chisme el que me mueve a hacerlo o la curiosidad por algo en particular, ni tampoco la necesidad de tener temas para comentar después o situaciones de las cuales mofarme.

Lo que en realidad me mueve a escuchar o a hacer este tipo de observaciones en las demás personas, es que a partir de ellas y de esos diálogos y debates mentales que mencioné anteriormente, puedo crear pequeños monstruos, pequeños seres de aspecto desagradable, piel verde y de textura áspera y arrugada, con estatura muy corta, ojos saltones, extremidades frágiles, pelo enredado y una protuberante panza desproporcionada con respecto al tamaño de su cuerpo, de su forma de vestir no hay mucho que decir, esa es la parte más sencilla, les pongo cualquiera de las prendas que veo por la calle aunque tengo especial inclinación por aquellas que llaman la atención por el tinte ridículo que le dan a quien las porta.

Sin embargo, a pesar de esta descripción física que considero algo exhaustiva y detallada, debo reconocer que no logré jamás encontrarles un nombre apropiado, quizá porque al hacerlo les restaría algo de su función principal. Para mí siempre han sido y serán mis “anti-modelos”, siempre estarán relacionados directamente con todo lo que no quisiera ser jamás, con eso en lo que no quisiera convertirme y a lo que diariamente me prohíbo mutar, se trata de actitudes tan cercanas y tan palpables que las encuentro diariamente a muy pocos metros de mí. Los creo y los alimento constantemente con cada situación que encuentro, con una risa inapropiada, con palabras pésimamente expresadas o con aquellas cosas que dentro de mi cuerpo se revuelven como escalofríos y desconciertos que normalmente llamamos pena ajena, disgusto o incomodidad.

Pero no quiero pasar por ser un prepotente juez que determina lo que está bien o lo que está mal en la sociedad o en el constante convivir de una ciudad. Tampoco quiero ser un simple criticón o un hipócrita moralista que señala a los demás. No, no se trata de eso, porque incluso tengo la certeza de que muchas de mis actitudes y formas de pensar podrían ser la perfecta inspiración de los anti-modelos de otras personas y si cayera en ese moralismo y en esa hipocresía tal vez podría mirarme al espejo y reconocer en esa visión a uno de los principales monstruos verdes que he creado. Desde siempre he tenido mis propias formas de pensar, he proyectado mi vida de alguna manera particular y con un estilo propio que a pesar de ser eso: particular y propio, no deja de estar completamente inspirado en las dos personas que mejor tuve como modelos reales y a las que más admiración tengo: mis padres. Creé entonces, modelos de comportamiento, formas de expresión, normas de convivencia dentro de todos los ámbitos y espacios que conforman mi vida, apliqué humor, seriedad, buenas y malas palabras, vestimentas determinadas, diferentes tipos de saludos y hasta convicciones socio-políticas y económicas muy marcadas. Por esta razón, por haber creado todo esto de forma tan marcada y con un referente tan importante en mi vida es que tiendo a estar alerta a todo aquello que me genera incomodidad, a todo aquello que considero totalmente carente de algún aporte, a todo aquello que puede ser alimento para mis pequeños monstruos verdes llamados “anti-modelos”.

Podría destinar miles de párrafos con pretensiones de analítico a cada uno de mis monstruos, pero no me interesa, en parte porque desnudaría por completo mi ser y porque la actividad que acabo de describir quedaría completamente al descubierto, de tal manera que perdería total interés en ella. Citaré apenas ejemplos concretos de cosas, sucesos o personas comunes que alimentan mis extraños seres verdes:

Un hipócrita que todos los días espera que su jefe salga de la oficina para salir dos minutos después de él y demostrar compromiso. Mientras llega su hora de salida normalmente estará buscando banalidades en internet.

Un esposo que constantemente se queja de su vida familiar y más que un matrimonio carga una pesada cruz, una persona cobarde que prefiere soportar con total pusilanimidad el aburrimiento por algo o alguien que hace mucho tiempo dejó de respetar.

Algunos incapaces de hilar una conversación y que pueden pasar horas enteras repitiendo muletillas sin sentido. Acompañan sus palabras con sonrisas idiotas que demuestran total inferioridad con respecto a su interlocutor. Este tipo de personajes pueden fácilmente llegar a cualquier parte y no saludar, o en el caso extremo de que lo hagan será con una voz suave, imperceptible y una mirada agachada.

Hay otro que me encanta detallar y extraerle lo que más puedo. Se trata de ese que no hace más que quejarse del tráfico, de la guerra, de la inseguridad, de la guerrilla, del gobierno, de la gente, del país, pero al tiempo que se queja y queja y vuelve a quejar, detiene su hermosa camioneta 4 x 4 junto a la fila de un semáforo que permite un giro, es decir, es ese que hace lo que coloquialmente conocemos como la doble fila de un semáforo. Puede ser el mismo personaje que conduce como un animal, que no respeta una berma porque ni siquiera sabe qué es eso, que se mete y cierra a cualquiera que le deje medio centímetro de ventaja. Este personaje normalmente va y purga todas sus culpas en una marcha convocada mediante alguna red social y patrocinada con gran interés por un noticiero de alcance masivo.

Está el que conduce con la silla muy reclinada, el que mastica chicle con la boca abierta y un particular movimiento de quijada, el que interrumpe cualquier conversación porque se considera más importante que los demás, el que suelta palabras al vacío sin un destinatario concreto, el que se ríe de lo que no es chistoso, el que tutea cuando no debe hacerlo, el que es despectivo con la gente humilde, el de las marcas finas, el pretencioso, el que cree en un dios pero no practica, el que nunca se calla y tampoco escucha, el que saca prestado y no devuelve, el morboso, el mentiroso, el impuntual que no siente respeto por la persona que lo está esperando, el que vive con pereza, el que finaliza un e-mail escribiendo “cualquier inquietud con gusto”, el de aguas tibias que nunca es negro ni blanco sino siempre gris a conveniencia, el que siempre vive con bufanda, el que no abre la ventana en un bus, el tacaño, el chistoso que no lo es, el lindo que no lo es, el diferente que mejor es indiferente.

Son muchos monstruos, muchos anti-modelos, muchas situaciones con las que los puedo crear y alimentar, pero repito, no pretendo ser moralista ni juez, no pretendo determinar qué está bien y qué está mal y aclaro, mis monstruos no me amargan, aprendí a alimentarlos y ser feliz haciéndolo, no sufro con eso, aunque a veces gruña también aprendí a reír y prefiero tenerlos para burlarme de ellos. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

¿De verdad me estarán saludando?

Quiay.

¿Qué hay? ¿De verdad me estás saludando de esa manera?. No, para mí eso no es un saludo, la próxima vez que lo hagas supondré que tengo cara de vendedor y que estás interesado en comprarme algo de lo que crees que vendo, así que como no lo soy, sencillamente no contestaré.

Probablemente te sentirás igual que cuando me dijiste “Hola, ¿cómo estás?” y yo te contesté con un seco “mal, gracias”; te quedaste de una pieza, no supiste qué responderme, ni siquiera lograste preguntar por qué, simplemente no te esperabas esa respuesta y lo único que lograste hacer fue expulsar una sonrisa tonta que en nada se compadecía con mi respuesta.

No sé por qué estoy por convencerme de que la mitad de las cosas que hablamos en un día común y corriente se limitan a la repetición de frases elaboradas sin sentido, a las cuales se les da un significado muy diferente al que realmente tienen.

En defensa tuya te cuanto que alguien también intentó un saludo, por llamarlo de algún modo, más cool, preguntándome “¿cómo vas?”. Pues yo le contesté preguntándole que a dónde y simplemente no entendió mí respuesta. Ese saludo para mi sugirió su deseo de conocer cómo voy, es decir, cómo ir, y el ir es dirigirse hacia algún lugar, por eso le contesté de esa forma, porque mi respuesta en ese caso puede ser muy relativa, voy al trabajo en bus, a la tienda a pie y de vacaciones en avión o en carro.

Ah, pero no te preocupes, los hay peores aún.  Hace poco encontré a alguien que me saludó con un simple "entonces". Ahí si me quedé en silencio, completamente perdido e imposibilitado para responder algo. Estoy seguro que pensó que yo soy un grosero, un orgulloso, o que estaba enojado por algo. Pero no es así, realmente yo esperaba que el "entonces" fuera un conector que diera continuidad a una historia que me había estado contando y que no había concluido, pero en ese mismo momento yo no lograba recordarla y mucho menos lograba entender por qué de un momento a otro sin ni siquiera tener la cortesía de saludar la iba a reanudar.

Algo más popular y masculino es el “¿bien o no?”. No, de ese no vale la pena decir mucho. Para mi es incomprensible también, ni siquiera sé si están preguntando por su apariencia o por la mía, por el clima, el tráfico o algún trabajo realizado, por las tareas de sus hijos o por las calificaciones de alguien que conocemos en común.

Finalmente, ¿cuántas de las personas que saludo en un día realmente se interesan por saber si estoy bien o no lo estoy?

Bueno, pero ya basta de criticar todo, me da pena contigo. Comencemos nuestro diálogo ahora sí. Podemos hacerlo preguntándonos treinta y cinco veces mutuamente: “¿Y… qué más?” a lo cual nos responderemos siempre con un “bien gracias, ¿y tu qué cuentas?”. En caso de que con total sinceridad lleguemos a siete veces en constante repetición de estas frases, sencillamente asumiremos que no nos merecíamos más que un levantamiento de cejas acompañado de una sonrisa hipócrita y la continuación solitaria de nuestro camino.

Hum… ¿y qué más? ¿bien?

viernes, 17 de agosto de 2012

La urbanidad del bus urbano

En mi ciudad, teniendo en cuenta las condiciones climáticas de las primeras horas de la mañana es muy común que nos levantemos, cinco, diez o quince minutos después de lo que teníamos programado, como consecuencia de este hecho, lo más probable es que por la calle nos encontremos personas que caminan muy rápido, que van con cara de sueño y que al menor impulso negativo respondan con un insulto o con palabras indirectas lanzadas al vacío que a pesar de tener un destinario concreto salen como no queriendo llegar a él.

Los hay de todos tipos, algunos duermen en el bus, otros no solo duermen sino que abren la boca mientras lo hacen y algunos más osados se atreven a roncar. Otros manifiestan inconformidad con el servicio y es muy común escuchar repetidas quejas pronunciadas de dientes para adentro que suenan un poco más que ridículas. Algunos más van pendientes de que no se dañe su peinado o de que sus gafas de sol, collares, audífonos y cuanto aderezo le hayan puesto a la pinta del día estén puestos en el lugar exacto.

Hay también los que no llevan destino y simplemente están a la espera de algún incauto distraído en sus reflexiones citadinas para introducir sus manos en sus bolsillos y privarlos del gran gusto que genera tener el celular de moda. Claro está, los que no han sido distraídos y aún conservan su teléfono, con conexión a internet, lector de documentos, acceso a redes sociales, chats y cuántas más aplicaciones sea posible en aras de explotar al máximo la chicanería -cualidad natural del colombiano- irán con la cabeza agachada y demostrando esa gran agilidad que han adquirido para mover los dedos a velocidades inimaginables al tiempo que exhalan una sonrisa pícara que permite suponer un coqueteo virtual, o un suspiro amargo que estará relacionado con una deuda o un problema laboral.

Está el que grita hablando por teléfono, el que miente a su interlocutor cuando le cuenta el lugar en el que se encuentra, el que no se ha enterado que hace muchos años se inventaron los audífonos para escuchar música sin obligar a los demás a hacerlo, el que utiliza el manos libres sin tener las manos ocupadas, el que no alcanza a agarrarse de ninguna parte y se tambalea al ritmo del bus, los que se concentran en las pantallas interiores recibiendo el bombardeo de publicidad, los que prefieren mirar los senos de la mujer que tienen al lado, los que encuentran algún conocido con el que después de cinco minutos no han dejado de preguntarse cómo están o qué hay de nuevo.

Los pocos alegres, los muchos angustiados, los solitarios, los envidiosos, los amargados… todos, todos existen pero ninguno me fastidia y me molesta tanto como los que se besan en el interior del bus. A estos últimos, los odio, los detesto, los quisiera siempre lejos de mi vista, siempre les deseo mentalmente que su idilio se termine lo más pronto posible, a ella, que normalmente es muy fea, le deseo que lo mismo que le está haciendo en ese momento su hombre, se lo haga a otra en unos cuantos minutos, horas, días, no me importa.

Es horrible lo que siento, transpiro, me siento mal por ellos y por los que al igual que yo los tenemos que ver, me molesta el ruido de sus bocas, su risa tonta y la visión de sus lenguas en movimientos acelerados. Claramente se trata de parejas nuevas, con poco tiempo de relación lo que me hace suponer que esos besos los excitan, les genera erecciones o humedades en sus órganos genitales y también me hace pensar que se creyeron el cuento de que al lado de esa persona el tiempo se congela o el mundo desaparece, lo cual no pasa de ser consideraciones estúpidas o metáforas románticas.

Entonces, deberían saber que el tiempo no se detuvo, que sigue andando de la misma manera que lo hace el bus en el que vamos y que como sigue corriendo implacablemente, muchos de los que estamos rodeándolos vamos tarde a nuestras citas, deberían saber que ahí estamos porque el mundo no desapareció y que estamos porque tenemos un destino y unas obligaciones fijas, no porque nos hayan contratado para atrapar las mariposas que a ellos les salen en ese momento del estómago.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Un viaje en tren


Desde hace muchos años, en una de las tantas geniales ocurrencias de nuestra clase dirigente, nos fue raptada a los colombianos la magnífica posibilidad de montar en tren. No se si este rapto corresponda a esa costumbre que se ha tenido en nuestro país de desechar inventos brillantes y cosas absolutamente funcionales por creerlas obsoletas o pasadas de moda, o si simplemente corresponda a ese plan de modernización de nuestras ciudades que en algunos aspectos llegó a medias o que en otros casos nunca llegó y en cambio sí nos quitó a los bogotanos, por ejemplo, la inigualable magia que tiene viajar en un metro subterráneo. Son éstas, dos cosas que tuve que vivir en otras ciudades, en otros países, en otras culturas, son cosas que aprendí a valorar y que aprecio enormemente, quizá incluso por su lejanía y carencia dentro de mi cotidianidad.

Descarto dentro de mis apreciaciones al tren de cercanías de la sabana de Bogotá con sus cuatro o cinco maravillosas estaciones llenas de arquitectura clásica, pero que hoy no pasa de ser los restos de algo que alguna vez existió y cuya funcionalidad se limita al transporte de niños con manos pegachentas de dulce acompañados de papás en curiosos paseos domingueros.

Y es que en verdad tiene su magia viajar en tren, cada base de los rieles cuidadosamente puesta, millones y millones de piedras recorriendo kilómetros enteros, marcando perfectamente el camino por donde transitan enormes cantidades de mundos. Y digo mundos porque eso es lo que es cada vagón de tren en cada viaje, uno escoge, -o acaso no lo hace- en qué mundo subir, sin saber lo qué se va a encontrar, un amor, una amistad, una oportunidad de ayudar, no se sabe cómo ni con qué fin se da uno cita con las personas que acompañan el vagón, justamente con ellas, no con las del de adelante ni con las del de atrás, el caso es que una vez he subido, entre sonrisas tímidas y miradas que examinan detalles, me siento a cumplir esa extraña cita.

El viaje en si, es otro mundo de maravillas, estaciones desconocidas van apareciendo sin negar ni esconder su vejez. ¿Cuántas personas las habrán visitado? ¿Cuántos encuentros, besos, abrazos o miradas albergarán? ¿De cuántas despedidas, huidas o tristezas serán testigos? ¿Cuántas historias podrían contar esos pedazos de paredes sucias y maltrechas? El viaje transcurre en el interior del vagón entre miradas discretas de un lado a otro, entre la compañía de esas personas con las que me di cita, la posición de las sillas permite ser un poco más observador, casi un espía silencioso sin un por qué o un para qué. Hay un paisaje entero allá afuera, el vidrio transparente me ofrece montañas, ríos, llanuras, árboles, casas viejas y casas nuevas, basura en el piso y gente que camina muy rápido, me ofrece mil cosas que claramente no son suficientes para evitar su tinte monótono, razón por la cual siguen siendo más interesantes mis visiones internas.

El sonido del tren es lindo, es constante, fuerte, se confunde con el segundero de un reloj, es como si fuera él el que marcara el tiempo, por eso cuando el tren se detiene es como si ese tiempo se congelara, como si el reloj parara, como si el mundo dejara de girar y nos diera un breve espacio, un suspiro para reflexionar, muchas veces anhelé esto en los segundos y minutos de mi tiempo real.

El horario y la gran cantidad de tiempo que toma el viaje me permite ver oscurecer y con ello me brinda la oportunidad de conocer otro personaje clave en mi aventura, se trata del reflejo en el vidrio, ahora de noche y con la luz interna encendida miro con el reflejo. Y es que claro, a medida que oscurece el reflejo toma más y más importancia porque se hace más fuerte, se hace notar mucho más, es como si la oscuridad de la noche se hubiera creado solamente para eliminar de tajo el paisaje exterior y para duplicar el mundo interior del vagón, ahora estamos así: con esa duplicidad que me obliga a mirarla a ella, mirar su reflejo y después sentirme observado por ella y también por su reflejo.

A través del reflejo puedo ver también el cambio de la gente que me acompaña, los que leían ya no lo hacen, los que sonreían han opacado su cara, los que escribían cerraron sus cuadernos, los que hablaban ahora duermen y algunos que estaban supongo que han quedado en alguna estación anterior, quizá no los vuelva a ver, quizá soy completamente intrascendente para ellos, quizá ni se enteraron que había cruzado un océano entero para acudir a esa cita, pero ellos para mi no lo fueron así, mi viaje no fue un acto rutinario o cotidiano, ellos no fueron pasajeros de un vagón, fueron por unas horas compañeros de mundo.

Que lindo es el tren, que bello aparato, que diferente a cualquier otro medio de transporte, su voz se escucha hasta cansada pero no para, no para de caminar, no para de recibir historias, de transportar sueños, reflexiones y oportunidades, seguirá en las mismas rutas, en los mismos caminos, con sus mismas cómplices estaciones y en sus inseparables rieles, su voz ronca marcará el tiempo de otros, pueda que incluso en un rato se convierta en los violines de una nueva historia de amor.

Que lindo es el tren, me dio la oportunidad de escribir pero sobre todo y lo más importante, me dio la posibilidad por unos minutos de callar.

(Historia escrita en un recorrido Milán-Lucca en el inicio de la primavera de 2012)

miércoles, 18 de julio de 2012

Amor, mi amor, duraznito. ¿eres tú?

¿Sabes por qué no te digo “amor”? Porque curiosamente siempre vi que todas las parejas se dicen así, lo dicen por teléfono para contar en qué punto de la ciudad están, lo dicen para preguntarle al otro por qué no contestó el teléfono, para sugerir un estado de celos, para recordar una instrucción, incluso hasta se atreven a usar ese apelativo para elevar el tono de la voz y abrirle paso a una nueva pelea.

¿Sabes por qué no te digo “mi amor”? Porque si te tengo a mi lado, te hago el amor y te beso solo a ti y tú recibes mis besos, recibes mi cuerpo y recibes mi compañía asumo entonces que eres mi amor, que por lo menos en tiempo presente y sin pensar en el pasado o el futuro eres mi amor, entonces para qué debo repetírtelo con palabras todo el tiempo, ¿no prefieres acaso que el “mi amor” esté inmerso en los actos que tenga para ti?

¿sabes por qué no te llamo “bebé”? Porque el solo hecho de llamarte así me haría tratarte como tal, te pondría en inferioridad en edad, conocimientos y forma de comportarte, te haría más inocente y estarías más expuesta al engaño. No te llamo bebé porque no lo eres, porque ni siquiera cambiando de idioma la palabra y haciéndolo en inglés dejaría de perder su contexto, incluso lo volvería aún más grave porque no solo involucraría lo que te acabo de exponer sino que también me haría a mi más falso, más hipócrita, más irreal y más gil también. Debo aclarar en cambio que hay una actitud de bebé que me fascina en ti, un extraño comportamiento que tienes y que está normalmente asociado con esa hermosa etapa de la vida pero que en la adultez representa otro actuar, un comportamiento que tienes, disfrutas y que me hace feliz, ese en el que tus ojos me miran desde abajo, me hablan con sensualidad, tu mejor mirada.

¿Sabes por qué no te llamo duraznito, melocotoncito, bizcochito? Porque si bien es cierto que en algunos contextos o escenarios del lenguaje común, tu cuerpo sea un elemento comestible para mí, remplazar tu nombre por palabras que representan elementos pasajeros, temporales, momentáneos y absolutamente efímeros no vale la pena, no conozco frutas eternas, su vigencia incluso no será mayor a dos o tres semanas, ¿quieres entonces sentirte efímera en mi vida, quieres igualarte a algo pasajero, quieres que en un tiempo muy corto te vea podrida, magullada y desechable, o simplemente quieres que te coma y me olvide de ti?

Tienes nombre, te lo buscaron con paciencia, escogieron el que mejor les pareció, es cierto, no opinaste en él, no diste tu visto bueno ni tu aprobación pero es tuyo, renegaras o no de tu nombre seguía siendo tuyo, te gustara o no era tuyo y hoy lo sigue siendo. Tu nombre encierra muchas cosas, encierra lo que eres, marcó tu personalidad y tu magia, al combinarlo con tus apellidos te dio una singularidad en mi vida, te diferenció de todas las que se llaman como tú, siempre lo asocié a lo que eres, a lo que me brindaste, incluso debo confesar que muchas veces mi silencio lo repetía una y otra vez y en ocasiones traicionaba el silencio y se colaba en un suspiro. ¿Debo entonces cambiarte el nombre, remplazarlo o desecharlo? Pues no. No quiero. No me da la gana igualarte a muchas “amor”, “mi amor” o “duraznitos” y digo igualarte porque esos “amor”, “mi amor” o “duraznitos” jamás los escuché acompañados de algún apellido, eso los convierte en una simple metáfora irreal, en una costumbre vana que se aplicará una y otra vez, tantas veces como “amores” tengan las personas.

Sobra decirte que tampoco permitiría que cambiaras mi nombre, no creo que deba explicarte por qué.