miércoles, 10 de octubre de 2012

Zapaticos de luces


Quizá siendo niños todos anhelamos muchísimos objetos o regalos, que por alguna razón, jamás tuvimos la oportunidad de tener. Puedo perfectamente recordar algunos momentos en que de pie junto a mi cama, con el cuerpo completamente estático y la mirada concentrada en algún punto específico de mi cuarto me imaginaba el instante preciso en que recibiría el regalo, lo desempacaría, lo contemplaría de cerca, lo acercaría a mi nariz para sentir su aroma y lo acariciaría al tiempo que le diría un par de palabras de cariño antes de trasladarlo al lugar que previamente ya le había reservado dentro del gran universo mágico que componían los objetos de mi organizado cuarto.

Pueden existir diferentes razones por las cuales jamás pude llegar a tener esos regalos, algunas podrían ser de tipo económico, otras por falta de merecimiento, otras estarían marcadas por la poca oferta del objeto en cuestión e incluso algunas, ahora que lo pienso, se debían a que simplemente los dejé para que mis padres lo adivinaran, aun sin que se tratara de algo lo suficientemente obvio. Pero hay una de esas razones que solo hasta ahora con madurez puedo deducir y está relacionada directamente con el hecho de que mis padres siempre tuvieron suficiente tiempo para mí y jamás sintieron la necesidad de reponerlo con regalos.

Me voy a permitir mencionar apenas uno de esos regalos que nunca llegaron y que de una u otra manera siempre he recordado:

Deseé profundamente poder tener un par de tenis de luces, de esos que alumbraban con una luz roja en cada paso que se daba, para ese entonces, mis anhelados tenis eran ofrecidos tan solo por la marca americana “L A Gear”, que sobra decir, era demasiado costosa y prácticamente inalcanzable para una familia de clase media colombiana. Con la conciencia plena de que el costo sería un impedimento insuperable para obtenerlos me di a la tarea de emprender su fabricación puesto que contaba con los elementos necesarios para ello, un par de tenis viejos pero en buen estado, dos bombillos extraídos de unas linternas que andaban abandonadas en algún cajón, un poco de cable, cinta y un par de pilas. Solo faltaba el conocimiento de electrónica, que a falta de una herramienta como el Internet  llegó como consecuencia de la desarmada de un carrito de pilas que por obvias razones solo hasta ese momento funcionó. Con todos los implementos sobre el escritorio de trabajo, con el conocimiento fresco en mi cabeza y con una ilusión gigante en el corazón decidí elaborar la lista de actividades y pasos a seguir. Pero es aquí cuando el desaliento y la tristeza llegan de nuevo a mi alma, bastó con que me hiciera apenas tres preguntas para que con rabia desechara de inmediato mi ambicioso proyecto: ¿de qué tamaño sería la dolorosa perforación que debía hacer a los zapatos? ¿en dónde quedarían ancladas las pilas, dentro o fuera de los zapatos? ¿cómo le daría la intermitencia a los bombillos de tal manera que no parecieran dos cascos de minero puestos en cada uno de mis pies? Cada pregunta me surgía de la nada, llegaban y yo las percibía como percibe un boxeador los golpes que lo dejarán knock out después de ir ganando la pelea.

Años más tarde, cuando mi proyecto se encontraba por supuesto desechado y mi deseo prácticamente olvidado, por alguna razón pude enterarme que por fin el mercado y la globalización le dieron paso a muchas otras marcas de tenis de luces, muchas de ellas no tan finas e incluso algunas de fabricación nacional, los costos de esos anhelados y lujosos zapatos bajaron tanto que cualquier familia colombiana con un ingreso incluso un poco menor al del promedio tendría la oportunidad de acceder a ellos. Para ese entonces yo debía tener aproximadamente 16 años, de tal manera que más que vergonzoso e infantil sería un acto completamente ridículo pretender salir con mi novia y preparar para ello mi mejor pantalón, una camiseta blanca sin estampado y una camisa a cuadros que luciría desabotonada dando a mi aspecto un tinte moderno y juvenil que sería complementado por unos hermosos tenis de luces que no otorgarían ni una mínima parte de la discreción que se le quiere imprimir a ese tipo de citas. Claramente primó la madurez, asumí nuevamente que jamás los iba a tener.

Mi hijo ya tuvo un par de tenis de luces, no de la marca “L A Gear” pero finalmente alumbraban de una manera espectacular, con una intermitencia secuencial e incluso con luces azules y rojas que prácticamente se fundían en un hermoso color violeta como de patrulla de policía de juguete. Muy probablemente él jamás comprendió por qué le pedía cien veces al día que saltara o corriera con sus tenis para verlos alumbrar, muy probablemente no comprendió tampoco que sus zapaticos iluminaban algo más que su andar.

martes, 2 de octubre de 2012

Los "anti-modelos"


Dentro del gran número de actitudes irrespetuosas y en ocasiones demenciales que tenemos los seres humanos hay muchas que de verdad me incomodan. Sobre ellas en particular desde hace algunos años he tomado una actitud observadora y analítica, a veces incluso trato de percatarme de su presencia como escondiéndome de la persona que las reproduce y me he dado cuenta que dentro de ese análisis está involucrado el hecho de mirarlas con los ojos un poco más cerrados y la frente un tanto arrugada, casi como se podría suponer que mira un espía o un detective secreto.

Este ejercicio me ha traído grandes beneficios, físicamente por ejemplo me ha permitido ampliar mi campo visual porque he obligado a mis ojos a desplazarse en ángulos mucho más extensos y a mis oídos los he afinado de tal manera que percibo con mayor facilidad sonidos y voces. También me ha traído beneficios mentales porque me permite crear historias que puedo comentar o debatir con el ser que más me gusta hacerlo, conmigo mismo; y digo que son beneficios porque en ocasiones esta práctica se convierte en compañía en momentos de aburrimiento o en pretexto para desplazar algunos pensamientos que a veces prefiero alejar.

Pero en defensa propia, porque me imagino que ya estarán pensando que tengo las actitudes de un chismoso que observa todo y que escucha conversaciones ajenas, por ejemplo, de la gente que está en la fila de un banco o cerca de nosotros en un bus, o de los que hablan por celular en algún lugar público (cosas que me imagino, ninguno de ustedes hace) debo decir que no es el simple chisme el que me mueve a hacerlo o la curiosidad por algo en particular, ni tampoco la necesidad de tener temas para comentar después o situaciones de las cuales mofarme.

Lo que en realidad me mueve a escuchar o a hacer este tipo de observaciones en las demás personas, es que a partir de ellas y de esos diálogos y debates mentales que mencioné anteriormente, puedo crear pequeños monstruos, pequeños seres de aspecto desagradable, piel verde y de textura áspera y arrugada, con estatura muy corta, ojos saltones, extremidades frágiles, pelo enredado y una protuberante panza desproporcionada con respecto al tamaño de su cuerpo, de su forma de vestir no hay mucho que decir, esa es la parte más sencilla, les pongo cualquiera de las prendas que veo por la calle aunque tengo especial inclinación por aquellas que llaman la atención por el tinte ridículo que le dan a quien las porta.

Sin embargo, a pesar de esta descripción física que considero algo exhaustiva y detallada, debo reconocer que no logré jamás encontrarles un nombre apropiado, quizá porque al hacerlo les restaría algo de su función principal. Para mí siempre han sido y serán mis “anti-modelos”, siempre estarán relacionados directamente con todo lo que no quisiera ser jamás, con eso en lo que no quisiera convertirme y a lo que diariamente me prohíbo mutar, se trata de actitudes tan cercanas y tan palpables que las encuentro diariamente a muy pocos metros de mí. Los creo y los alimento constantemente con cada situación que encuentro, con una risa inapropiada, con palabras pésimamente expresadas o con aquellas cosas que dentro de mi cuerpo se revuelven como escalofríos y desconciertos que normalmente llamamos pena ajena, disgusto o incomodidad.

Pero no quiero pasar por ser un prepotente juez que determina lo que está bien o lo que está mal en la sociedad o en el constante convivir de una ciudad. Tampoco quiero ser un simple criticón o un hipócrita moralista que señala a los demás. No, no se trata de eso, porque incluso tengo la certeza de que muchas de mis actitudes y formas de pensar podrían ser la perfecta inspiración de los anti-modelos de otras personas y si cayera en ese moralismo y en esa hipocresía tal vez podría mirarme al espejo y reconocer en esa visión a uno de los principales monstruos verdes que he creado. Desde siempre he tenido mis propias formas de pensar, he proyectado mi vida de alguna manera particular y con un estilo propio que a pesar de ser eso: particular y propio, no deja de estar completamente inspirado en las dos personas que mejor tuve como modelos reales y a las que más admiración tengo: mis padres. Creé entonces, modelos de comportamiento, formas de expresión, normas de convivencia dentro de todos los ámbitos y espacios que conforman mi vida, apliqué humor, seriedad, buenas y malas palabras, vestimentas determinadas, diferentes tipos de saludos y hasta convicciones socio-políticas y económicas muy marcadas. Por esta razón, por haber creado todo esto de forma tan marcada y con un referente tan importante en mi vida es que tiendo a estar alerta a todo aquello que me genera incomodidad, a todo aquello que considero totalmente carente de algún aporte, a todo aquello que puede ser alimento para mis pequeños monstruos verdes llamados “anti-modelos”.

Podría destinar miles de párrafos con pretensiones de analítico a cada uno de mis monstruos, pero no me interesa, en parte porque desnudaría por completo mi ser y porque la actividad que acabo de describir quedaría completamente al descubierto, de tal manera que perdería total interés en ella. Citaré apenas ejemplos concretos de cosas, sucesos o personas comunes que alimentan mis extraños seres verdes:

Un hipócrita que todos los días espera que su jefe salga de la oficina para salir dos minutos después de él y demostrar compromiso. Mientras llega su hora de salida normalmente estará buscando banalidades en internet.

Un esposo que constantemente se queja de su vida familiar y más que un matrimonio carga una pesada cruz, una persona cobarde que prefiere soportar con total pusilanimidad el aburrimiento por algo o alguien que hace mucho tiempo dejó de respetar.

Algunos incapaces de hilar una conversación y que pueden pasar horas enteras repitiendo muletillas sin sentido. Acompañan sus palabras con sonrisas idiotas que demuestran total inferioridad con respecto a su interlocutor. Este tipo de personajes pueden fácilmente llegar a cualquier parte y no saludar, o en el caso extremo de que lo hagan será con una voz suave, imperceptible y una mirada agachada.

Hay otro que me encanta detallar y extraerle lo que más puedo. Se trata de ese que no hace más que quejarse del tráfico, de la guerra, de la inseguridad, de la guerrilla, del gobierno, de la gente, del país, pero al tiempo que se queja y queja y vuelve a quejar, detiene su hermosa camioneta 4 x 4 junto a la fila de un semáforo que permite un giro, es decir, es ese que hace lo que coloquialmente conocemos como la doble fila de un semáforo. Puede ser el mismo personaje que conduce como un animal, que no respeta una berma porque ni siquiera sabe qué es eso, que se mete y cierra a cualquiera que le deje medio centímetro de ventaja. Este personaje normalmente va y purga todas sus culpas en una marcha convocada mediante alguna red social y patrocinada con gran interés por un noticiero de alcance masivo.

Está el que conduce con la silla muy reclinada, el que mastica chicle con la boca abierta y un particular movimiento de quijada, el que interrumpe cualquier conversación porque se considera más importante que los demás, el que suelta palabras al vacío sin un destinatario concreto, el que se ríe de lo que no es chistoso, el que tutea cuando no debe hacerlo, el que es despectivo con la gente humilde, el de las marcas finas, el pretencioso, el que cree en un dios pero no practica, el que nunca se calla y tampoco escucha, el que saca prestado y no devuelve, el morboso, el mentiroso, el impuntual que no siente respeto por la persona que lo está esperando, el que vive con pereza, el que finaliza un e-mail escribiendo “cualquier inquietud con gusto”, el de aguas tibias que nunca es negro ni blanco sino siempre gris a conveniencia, el que siempre vive con bufanda, el que no abre la ventana en un bus, el tacaño, el chistoso que no lo es, el lindo que no lo es, el diferente que mejor es indiferente.

Son muchos monstruos, muchos anti-modelos, muchas situaciones con las que los puedo crear y alimentar, pero repito, no pretendo ser moralista ni juez, no pretendo determinar qué está bien y qué está mal y aclaro, mis monstruos no me amargan, aprendí a alimentarlos y ser feliz haciéndolo, no sufro con eso, aunque a veces gruña también aprendí a reír y prefiero tenerlos para burlarme de ellos.