miércoles, 8 de agosto de 2012

Un viaje en tren


Desde hace muchos años, en una de las tantas geniales ocurrencias de nuestra clase dirigente, nos fue raptada a los colombianos la magnífica posibilidad de montar en tren. No se si este rapto corresponda a esa costumbre que se ha tenido en nuestro país de desechar inventos brillantes y cosas absolutamente funcionales por creerlas obsoletas o pasadas de moda, o si simplemente corresponda a ese plan de modernización de nuestras ciudades que en algunos aspectos llegó a medias o que en otros casos nunca llegó y en cambio sí nos quitó a los bogotanos, por ejemplo, la inigualable magia que tiene viajar en un metro subterráneo. Son éstas, dos cosas que tuve que vivir en otras ciudades, en otros países, en otras culturas, son cosas que aprendí a valorar y que aprecio enormemente, quizá incluso por su lejanía y carencia dentro de mi cotidianidad.

Descarto dentro de mis apreciaciones al tren de cercanías de la sabana de Bogotá con sus cuatro o cinco maravillosas estaciones llenas de arquitectura clásica, pero que hoy no pasa de ser los restos de algo que alguna vez existió y cuya funcionalidad se limita al transporte de niños con manos pegachentas de dulce acompañados de papás en curiosos paseos domingueros.

Y es que en verdad tiene su magia viajar en tren, cada base de los rieles cuidadosamente puesta, millones y millones de piedras recorriendo kilómetros enteros, marcando perfectamente el camino por donde transitan enormes cantidades de mundos. Y digo mundos porque eso es lo que es cada vagón de tren en cada viaje, uno escoge, -o acaso no lo hace- en qué mundo subir, sin saber lo qué se va a encontrar, un amor, una amistad, una oportunidad de ayudar, no se sabe cómo ni con qué fin se da uno cita con las personas que acompañan el vagón, justamente con ellas, no con las del de adelante ni con las del de atrás, el caso es que una vez he subido, entre sonrisas tímidas y miradas que examinan detalles, me siento a cumplir esa extraña cita.

El viaje en si, es otro mundo de maravillas, estaciones desconocidas van apareciendo sin negar ni esconder su vejez. ¿Cuántas personas las habrán visitado? ¿Cuántos encuentros, besos, abrazos o miradas albergarán? ¿De cuántas despedidas, huidas o tristezas serán testigos? ¿Cuántas historias podrían contar esos pedazos de paredes sucias y maltrechas? El viaje transcurre en el interior del vagón entre miradas discretas de un lado a otro, entre la compañía de esas personas con las que me di cita, la posición de las sillas permite ser un poco más observador, casi un espía silencioso sin un por qué o un para qué. Hay un paisaje entero allá afuera, el vidrio transparente me ofrece montañas, ríos, llanuras, árboles, casas viejas y casas nuevas, basura en el piso y gente que camina muy rápido, me ofrece mil cosas que claramente no son suficientes para evitar su tinte monótono, razón por la cual siguen siendo más interesantes mis visiones internas.

El sonido del tren es lindo, es constante, fuerte, se confunde con el segundero de un reloj, es como si fuera él el que marcara el tiempo, por eso cuando el tren se detiene es como si ese tiempo se congelara, como si el reloj parara, como si el mundo dejara de girar y nos diera un breve espacio, un suspiro para reflexionar, muchas veces anhelé esto en los segundos y minutos de mi tiempo real.

El horario y la gran cantidad de tiempo que toma el viaje me permite ver oscurecer y con ello me brinda la oportunidad de conocer otro personaje clave en mi aventura, se trata del reflejo en el vidrio, ahora de noche y con la luz interna encendida miro con el reflejo. Y es que claro, a medida que oscurece el reflejo toma más y más importancia porque se hace más fuerte, se hace notar mucho más, es como si la oscuridad de la noche se hubiera creado solamente para eliminar de tajo el paisaje exterior y para duplicar el mundo interior del vagón, ahora estamos así: con esa duplicidad que me obliga a mirarla a ella, mirar su reflejo y después sentirme observado por ella y también por su reflejo.

A través del reflejo puedo ver también el cambio de la gente que me acompaña, los que leían ya no lo hacen, los que sonreían han opacado su cara, los que escribían cerraron sus cuadernos, los que hablaban ahora duermen y algunos que estaban supongo que han quedado en alguna estación anterior, quizá no los vuelva a ver, quizá soy completamente intrascendente para ellos, quizá ni se enteraron que había cruzado un océano entero para acudir a esa cita, pero ellos para mi no lo fueron así, mi viaje no fue un acto rutinario o cotidiano, ellos no fueron pasajeros de un vagón, fueron por unas horas compañeros de mundo.

Que lindo es el tren, que bello aparato, que diferente a cualquier otro medio de transporte, su voz se escucha hasta cansada pero no para, no para de caminar, no para de recibir historias, de transportar sueños, reflexiones y oportunidades, seguirá en las mismas rutas, en los mismos caminos, con sus mismas cómplices estaciones y en sus inseparables rieles, su voz ronca marcará el tiempo de otros, pueda que incluso en un rato se convierta en los violines de una nueva historia de amor.

Que lindo es el tren, me dio la oportunidad de escribir pero sobre todo y lo más importante, me dio la posibilidad por unos minutos de callar.

(Historia escrita en un recorrido Milán-Lucca en el inicio de la primavera de 2012)

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