miércoles, 18 de julio de 2012

Amor, mi amor, duraznito. ¿eres tú?

¿Sabes por qué no te digo “amor”? Porque curiosamente siempre vi que todas las parejas se dicen así, lo dicen por teléfono para contar en qué punto de la ciudad están, lo dicen para preguntarle al otro por qué no contestó el teléfono, para sugerir un estado de celos, para recordar una instrucción, incluso hasta se atreven a usar ese apelativo para elevar el tono de la voz y abrirle paso a una nueva pelea.

¿Sabes por qué no te digo “mi amor”? Porque si te tengo a mi lado, te hago el amor y te beso solo a ti y tú recibes mis besos, recibes mi cuerpo y recibes mi compañía asumo entonces que eres mi amor, que por lo menos en tiempo presente y sin pensar en el pasado o el futuro eres mi amor, entonces para qué debo repetírtelo con palabras todo el tiempo, ¿no prefieres acaso que el “mi amor” esté inmerso en los actos que tenga para ti?

¿sabes por qué no te llamo “bebé”? Porque el solo hecho de llamarte así me haría tratarte como tal, te pondría en inferioridad en edad, conocimientos y forma de comportarte, te haría más inocente y estarías más expuesta al engaño. No te llamo bebé porque no lo eres, porque ni siquiera cambiando de idioma la palabra y haciéndolo en inglés dejaría de perder su contexto, incluso lo volvería aún más grave porque no solo involucraría lo que te acabo de exponer sino que también me haría a mi más falso, más hipócrita, más irreal y más gil también. Debo aclarar en cambio que hay una actitud de bebé que me fascina en ti, un extraño comportamiento que tienes y que está normalmente asociado con esa hermosa etapa de la vida pero que en la adultez representa otro actuar, un comportamiento que tienes, disfrutas y que me hace feliz, ese en el que tus ojos me miran desde abajo, me hablan con sensualidad, tu mejor mirada.

¿Sabes por qué no te llamo duraznito, melocotoncito, bizcochito? Porque si bien es cierto que en algunos contextos o escenarios del lenguaje común, tu cuerpo sea un elemento comestible para mí, remplazar tu nombre por palabras que representan elementos pasajeros, temporales, momentáneos y absolutamente efímeros no vale la pena, no conozco frutas eternas, su vigencia incluso no será mayor a dos o tres semanas, ¿quieres entonces sentirte efímera en mi vida, quieres igualarte a algo pasajero, quieres que en un tiempo muy corto te vea podrida, magullada y desechable, o simplemente quieres que te coma y me olvide de ti?

Tienes nombre, te lo buscaron con paciencia, escogieron el que mejor les pareció, es cierto, no opinaste en él, no diste tu visto bueno ni tu aprobación pero es tuyo, renegaras o no de tu nombre seguía siendo tuyo, te gustara o no era tuyo y hoy lo sigue siendo. Tu nombre encierra muchas cosas, encierra lo que eres, marcó tu personalidad y tu magia, al combinarlo con tus apellidos te dio una singularidad en mi vida, te diferenció de todas las que se llaman como tú, siempre lo asocié a lo que eres, a lo que me brindaste, incluso debo confesar que muchas veces mi silencio lo repetía una y otra vez y en ocasiones traicionaba el silencio y se colaba en un suspiro. ¿Debo entonces cambiarte el nombre, remplazarlo o desecharlo? Pues no. No quiero. No me da la gana igualarte a muchas “amor”, “mi amor” o “duraznitos” y digo igualarte porque esos “amor”, “mi amor” o “duraznitos” jamás los escuché acompañados de algún apellido, eso los convierte en una simple metáfora irreal, en una costumbre vana que se aplicará una y otra vez, tantas veces como “amores” tengan las personas.

Sobra decirte que tampoco permitiría que cambiaras mi nombre, no creo que deba explicarte por qué.

2 comentarios:

  1. Perfecta combinación de palabras para dar sentido al hecho de tener un nombre y no otra serie de palabras que ni siquiera representan lo más mínimo para el significado de cada nombre. Estoy plenamente de acuerdo con este escrito...

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