viernes, 17 de agosto de 2012

La urbanidad del bus urbano

En mi ciudad, teniendo en cuenta las condiciones climáticas de las primeras horas de la mañana es muy común que nos levantemos, cinco, diez o quince minutos después de lo que teníamos programado, como consecuencia de este hecho, lo más probable es que por la calle nos encontremos personas que caminan muy rápido, que van con cara de sueño y que al menor impulso negativo respondan con un insulto o con palabras indirectas lanzadas al vacío que a pesar de tener un destinario concreto salen como no queriendo llegar a él.

Los hay de todos tipos, algunos duermen en el bus, otros no solo duermen sino que abren la boca mientras lo hacen y algunos más osados se atreven a roncar. Otros manifiestan inconformidad con el servicio y es muy común escuchar repetidas quejas pronunciadas de dientes para adentro que suenan un poco más que ridículas. Algunos más van pendientes de que no se dañe su peinado o de que sus gafas de sol, collares, audífonos y cuanto aderezo le hayan puesto a la pinta del día estén puestos en el lugar exacto.

Hay también los que no llevan destino y simplemente están a la espera de algún incauto distraído en sus reflexiones citadinas para introducir sus manos en sus bolsillos y privarlos del gran gusto que genera tener el celular de moda. Claro está, los que no han sido distraídos y aún conservan su teléfono, con conexión a internet, lector de documentos, acceso a redes sociales, chats y cuántas más aplicaciones sea posible en aras de explotar al máximo la chicanería -cualidad natural del colombiano- irán con la cabeza agachada y demostrando esa gran agilidad que han adquirido para mover los dedos a velocidades inimaginables al tiempo que exhalan una sonrisa pícara que permite suponer un coqueteo virtual, o un suspiro amargo que estará relacionado con una deuda o un problema laboral.

Está el que grita hablando por teléfono, el que miente a su interlocutor cuando le cuenta el lugar en el que se encuentra, el que no se ha enterado que hace muchos años se inventaron los audífonos para escuchar música sin obligar a los demás a hacerlo, el que utiliza el manos libres sin tener las manos ocupadas, el que no alcanza a agarrarse de ninguna parte y se tambalea al ritmo del bus, los que se concentran en las pantallas interiores recibiendo el bombardeo de publicidad, los que prefieren mirar los senos de la mujer que tienen al lado, los que encuentran algún conocido con el que después de cinco minutos no han dejado de preguntarse cómo están o qué hay de nuevo.

Los pocos alegres, los muchos angustiados, los solitarios, los envidiosos, los amargados… todos, todos existen pero ninguno me fastidia y me molesta tanto como los que se besan en el interior del bus. A estos últimos, los odio, los detesto, los quisiera siempre lejos de mi vista, siempre les deseo mentalmente que su idilio se termine lo más pronto posible, a ella, que normalmente es muy fea, le deseo que lo mismo que le está haciendo en ese momento su hombre, se lo haga a otra en unos cuantos minutos, horas, días, no me importa.

Es horrible lo que siento, transpiro, me siento mal por ellos y por los que al igual que yo los tenemos que ver, me molesta el ruido de sus bocas, su risa tonta y la visión de sus lenguas en movimientos acelerados. Claramente se trata de parejas nuevas, con poco tiempo de relación lo que me hace suponer que esos besos los excitan, les genera erecciones o humedades en sus órganos genitales y también me hace pensar que se creyeron el cuento de que al lado de esa persona el tiempo se congela o el mundo desaparece, lo cual no pasa de ser consideraciones estúpidas o metáforas románticas.

Entonces, deberían saber que el tiempo no se detuvo, que sigue andando de la misma manera que lo hace el bus en el que vamos y que como sigue corriendo implacablemente, muchos de los que estamos rodeándolos vamos tarde a nuestras citas, deberían saber que ahí estamos porque el mundo no desapareció y que estamos porque tenemos un destino y unas obligaciones fijas, no porque nos hayan contratado para atrapar las mariposas que a ellos les salen en ese momento del estómago.

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