Dentro del gran número de
actitudes irrespetuosas y en ocasiones demenciales que tenemos los seres
humanos hay muchas que de verdad me incomodan. Sobre ellas en particular desde
hace algunos años he tomado una actitud observadora y analítica, a veces
incluso trato de percatarme de su presencia como escondiéndome de la persona
que las reproduce y me he dado cuenta que dentro de ese análisis está involucrado
el hecho de mirarlas con los ojos un poco más cerrados y la frente un tanto
arrugada, casi como se podría suponer que mira un espía o un detective secreto.
Este ejercicio me ha traído
grandes beneficios, físicamente por ejemplo me ha permitido ampliar mi campo
visual porque he obligado a mis ojos a desplazarse en ángulos mucho más
extensos y a mis oídos los he afinado de tal manera que percibo con mayor facilidad
sonidos y voces. También me ha traído beneficios mentales porque me permite
crear historias que puedo comentar o debatir con el ser que más me gusta
hacerlo, conmigo mismo; y digo que son beneficios porque en ocasiones esta
práctica se convierte en compañía en momentos de aburrimiento o en pretexto
para desplazar algunos pensamientos que a veces prefiero alejar.
Pero en defensa propia, porque
me imagino que ya estarán pensando que tengo las actitudes de un chismoso que
observa todo y que escucha conversaciones ajenas, por ejemplo, de la gente que
está en la fila de un banco o cerca de nosotros en un bus, o de los que hablan
por celular en algún lugar público (cosas que me imagino, ninguno de ustedes
hace) debo decir que no es el simple chisme el que me mueve a hacerlo o la
curiosidad por algo en particular, ni tampoco la necesidad de tener temas para comentar
después o situaciones de las cuales mofarme.
Lo que en realidad me mueve a
escuchar o a hacer este tipo de observaciones en las demás personas, es que a
partir de ellas y de esos diálogos y debates mentales que mencioné
anteriormente, puedo crear pequeños monstruos, pequeños seres de aspecto
desagradable, piel verde y de textura áspera y arrugada, con estatura muy
corta, ojos saltones, extremidades frágiles, pelo enredado y una protuberante
panza desproporcionada con respecto al tamaño de su cuerpo, de su forma de
vestir no hay mucho que decir, esa es la parte más sencilla, les pongo
cualquiera de las prendas que veo por la calle aunque tengo especial inclinación
por aquellas que llaman la atención por el tinte ridículo que le dan a quien
las porta.
Sin embargo, a pesar de esta
descripción física que considero algo exhaustiva y detallada, debo reconocer
que no logré jamás encontrarles un nombre apropiado, quizá porque al hacerlo
les restaría algo de su función principal. Para mí siempre han sido y serán mis “anti-modelos”, siempre estarán
relacionados directamente con todo lo que no quisiera ser jamás, con eso en lo
que no quisiera convertirme y a lo que diariamente me prohíbo mutar, se trata de
actitudes tan cercanas y tan palpables que las encuentro diariamente a muy
pocos metros de mí. Los creo y los alimento constantemente con cada situación
que encuentro, con una risa inapropiada, con palabras pésimamente expresadas o
con aquellas cosas que dentro de mi cuerpo se revuelven como escalofríos y
desconciertos que normalmente llamamos pena ajena, disgusto o incomodidad.
Pero no quiero pasar por ser un
prepotente juez que determina lo que está bien o lo que está mal en la sociedad
o en el constante convivir de una ciudad. Tampoco quiero ser un simple criticón
o un hipócrita moralista que señala a los demás. No, no se trata de eso, porque
incluso tengo la certeza de que muchas de mis actitudes y formas de pensar
podrían ser la perfecta inspiración de los anti-modelos de otras personas y si
cayera en ese moralismo y en esa hipocresía tal vez podría mirarme al espejo y
reconocer en esa visión a uno de los principales monstruos verdes que he creado.
Desde siempre he tenido mis propias formas de pensar, he proyectado mi vida de
alguna manera particular y con un estilo propio que a pesar de ser eso:
particular y propio, no deja de estar completamente inspirado en las dos
personas que mejor tuve como modelos reales y a las que más admiración tengo:
mis padres. Creé entonces, modelos de comportamiento, formas de expresión,
normas de convivencia dentro de todos los ámbitos y espacios que conforman mi
vida, apliqué humor, seriedad, buenas y malas palabras, vestimentas
determinadas, diferentes tipos de saludos y hasta convicciones socio-políticas
y económicas muy marcadas. Por esta razón, por haber creado todo esto de forma
tan marcada y con un referente tan importante en mi vida es que tiendo a estar
alerta a todo aquello que me genera incomodidad, a todo aquello que considero
totalmente carente de algún aporte, a todo aquello que puede ser alimento para
mis pequeños monstruos verdes llamados “anti-modelos”.
Podría destinar miles de
párrafos con pretensiones de analítico a cada uno de mis monstruos, pero no me
interesa, en parte porque desnudaría por completo mi ser y porque la actividad
que acabo de describir quedaría completamente al descubierto, de tal manera que
perdería total interés en ella. Citaré apenas ejemplos concretos de cosas,
sucesos o personas comunes que alimentan mis extraños seres verdes:
Un hipócrita que todos los
días espera que su jefe salga de la oficina para salir dos minutos después de
él y demostrar compromiso. Mientras llega su hora de salida normalmente estará
buscando banalidades en internet.
Un esposo que constantemente
se queja de su vida familiar y más que un matrimonio carga una pesada cruz, una
persona cobarde que prefiere soportar con total pusilanimidad el aburrimiento
por algo o alguien que hace mucho tiempo dejó de respetar.
Algunos incapaces de hilar una
conversación y que pueden pasar horas enteras repitiendo muletillas sin
sentido. Acompañan sus palabras con sonrisas idiotas que demuestran total
inferioridad con respecto a su interlocutor. Este tipo de personajes pueden
fácilmente llegar a cualquier parte y no saludar, o en el caso extremo de que
lo hagan será con una voz suave, imperceptible y una mirada agachada.
Hay otro que me encanta
detallar y extraerle lo que más puedo. Se trata de ese que no hace más que
quejarse del tráfico, de la guerra, de la inseguridad, de la guerrilla, del
gobierno, de la gente, del país, pero al tiempo que se queja y queja y vuelve a
quejar, detiene su hermosa camioneta 4 x 4 junto a la fila de un semáforo que
permite un giro, es decir, es ese que hace lo que coloquialmente conocemos como
la doble fila de un semáforo. Puede ser el mismo personaje que conduce como un
animal, que no respeta una berma porque ni siquiera sabe qué es eso, que se
mete y cierra a cualquiera que le deje medio centímetro de ventaja. Este
personaje normalmente va y purga todas sus culpas en una marcha convocada mediante
alguna red social y patrocinada con gran interés por un noticiero de alcance
masivo.
Está el que conduce con la
silla muy reclinada, el que mastica chicle con la boca abierta y un particular
movimiento de quijada, el que interrumpe cualquier conversación porque se
considera más importante que los demás, el que suelta palabras al vacío sin un
destinatario concreto, el que se ríe de lo que no es chistoso, el que tutea
cuando no debe hacerlo, el que es despectivo con la gente humilde, el de las
marcas finas, el pretencioso, el que cree en un dios pero no practica, el que
nunca se calla y tampoco escucha, el que saca prestado y no devuelve, el morboso,
el mentiroso, el impuntual que no siente respeto por la persona que lo está
esperando, el que vive con pereza, el que finaliza un e-mail escribiendo
“cualquier inquietud con gusto”, el de aguas tibias que nunca es negro ni
blanco sino siempre gris a conveniencia, el que siempre vive con bufanda, el
que no abre la ventana en un bus, el tacaño, el chistoso que no lo es, el lindo
que no lo es, el diferente que mejor es indiferente.
Son muchos monstruos, muchos
anti-modelos, muchas situaciones con las que los puedo crear y alimentar, pero
repito, no pretendo ser moralista ni juez, no pretendo determinar qué está bien
y qué está mal y aclaro, mis monstruos no me amargan, aprendí a alimentarlos y
ser feliz haciéndolo, no sufro con eso, aunque a veces gruña también aprendí a
reír y prefiero tenerlos para burlarme de ellos.
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