martes, 2 de octubre de 2012

Los "anti-modelos"


Dentro del gran número de actitudes irrespetuosas y en ocasiones demenciales que tenemos los seres humanos hay muchas que de verdad me incomodan. Sobre ellas en particular desde hace algunos años he tomado una actitud observadora y analítica, a veces incluso trato de percatarme de su presencia como escondiéndome de la persona que las reproduce y me he dado cuenta que dentro de ese análisis está involucrado el hecho de mirarlas con los ojos un poco más cerrados y la frente un tanto arrugada, casi como se podría suponer que mira un espía o un detective secreto.

Este ejercicio me ha traído grandes beneficios, físicamente por ejemplo me ha permitido ampliar mi campo visual porque he obligado a mis ojos a desplazarse en ángulos mucho más extensos y a mis oídos los he afinado de tal manera que percibo con mayor facilidad sonidos y voces. También me ha traído beneficios mentales porque me permite crear historias que puedo comentar o debatir con el ser que más me gusta hacerlo, conmigo mismo; y digo que son beneficios porque en ocasiones esta práctica se convierte en compañía en momentos de aburrimiento o en pretexto para desplazar algunos pensamientos que a veces prefiero alejar.

Pero en defensa propia, porque me imagino que ya estarán pensando que tengo las actitudes de un chismoso que observa todo y que escucha conversaciones ajenas, por ejemplo, de la gente que está en la fila de un banco o cerca de nosotros en un bus, o de los que hablan por celular en algún lugar público (cosas que me imagino, ninguno de ustedes hace) debo decir que no es el simple chisme el que me mueve a hacerlo o la curiosidad por algo en particular, ni tampoco la necesidad de tener temas para comentar después o situaciones de las cuales mofarme.

Lo que en realidad me mueve a escuchar o a hacer este tipo de observaciones en las demás personas, es que a partir de ellas y de esos diálogos y debates mentales que mencioné anteriormente, puedo crear pequeños monstruos, pequeños seres de aspecto desagradable, piel verde y de textura áspera y arrugada, con estatura muy corta, ojos saltones, extremidades frágiles, pelo enredado y una protuberante panza desproporcionada con respecto al tamaño de su cuerpo, de su forma de vestir no hay mucho que decir, esa es la parte más sencilla, les pongo cualquiera de las prendas que veo por la calle aunque tengo especial inclinación por aquellas que llaman la atención por el tinte ridículo que le dan a quien las porta.

Sin embargo, a pesar de esta descripción física que considero algo exhaustiva y detallada, debo reconocer que no logré jamás encontrarles un nombre apropiado, quizá porque al hacerlo les restaría algo de su función principal. Para mí siempre han sido y serán mis “anti-modelos”, siempre estarán relacionados directamente con todo lo que no quisiera ser jamás, con eso en lo que no quisiera convertirme y a lo que diariamente me prohíbo mutar, se trata de actitudes tan cercanas y tan palpables que las encuentro diariamente a muy pocos metros de mí. Los creo y los alimento constantemente con cada situación que encuentro, con una risa inapropiada, con palabras pésimamente expresadas o con aquellas cosas que dentro de mi cuerpo se revuelven como escalofríos y desconciertos que normalmente llamamos pena ajena, disgusto o incomodidad.

Pero no quiero pasar por ser un prepotente juez que determina lo que está bien o lo que está mal en la sociedad o en el constante convivir de una ciudad. Tampoco quiero ser un simple criticón o un hipócrita moralista que señala a los demás. No, no se trata de eso, porque incluso tengo la certeza de que muchas de mis actitudes y formas de pensar podrían ser la perfecta inspiración de los anti-modelos de otras personas y si cayera en ese moralismo y en esa hipocresía tal vez podría mirarme al espejo y reconocer en esa visión a uno de los principales monstruos verdes que he creado. Desde siempre he tenido mis propias formas de pensar, he proyectado mi vida de alguna manera particular y con un estilo propio que a pesar de ser eso: particular y propio, no deja de estar completamente inspirado en las dos personas que mejor tuve como modelos reales y a las que más admiración tengo: mis padres. Creé entonces, modelos de comportamiento, formas de expresión, normas de convivencia dentro de todos los ámbitos y espacios que conforman mi vida, apliqué humor, seriedad, buenas y malas palabras, vestimentas determinadas, diferentes tipos de saludos y hasta convicciones socio-políticas y económicas muy marcadas. Por esta razón, por haber creado todo esto de forma tan marcada y con un referente tan importante en mi vida es que tiendo a estar alerta a todo aquello que me genera incomodidad, a todo aquello que considero totalmente carente de algún aporte, a todo aquello que puede ser alimento para mis pequeños monstruos verdes llamados “anti-modelos”.

Podría destinar miles de párrafos con pretensiones de analítico a cada uno de mis monstruos, pero no me interesa, en parte porque desnudaría por completo mi ser y porque la actividad que acabo de describir quedaría completamente al descubierto, de tal manera que perdería total interés en ella. Citaré apenas ejemplos concretos de cosas, sucesos o personas comunes que alimentan mis extraños seres verdes:

Un hipócrita que todos los días espera que su jefe salga de la oficina para salir dos minutos después de él y demostrar compromiso. Mientras llega su hora de salida normalmente estará buscando banalidades en internet.

Un esposo que constantemente se queja de su vida familiar y más que un matrimonio carga una pesada cruz, una persona cobarde que prefiere soportar con total pusilanimidad el aburrimiento por algo o alguien que hace mucho tiempo dejó de respetar.

Algunos incapaces de hilar una conversación y que pueden pasar horas enteras repitiendo muletillas sin sentido. Acompañan sus palabras con sonrisas idiotas que demuestran total inferioridad con respecto a su interlocutor. Este tipo de personajes pueden fácilmente llegar a cualquier parte y no saludar, o en el caso extremo de que lo hagan será con una voz suave, imperceptible y una mirada agachada.

Hay otro que me encanta detallar y extraerle lo que más puedo. Se trata de ese que no hace más que quejarse del tráfico, de la guerra, de la inseguridad, de la guerrilla, del gobierno, de la gente, del país, pero al tiempo que se queja y queja y vuelve a quejar, detiene su hermosa camioneta 4 x 4 junto a la fila de un semáforo que permite un giro, es decir, es ese que hace lo que coloquialmente conocemos como la doble fila de un semáforo. Puede ser el mismo personaje que conduce como un animal, que no respeta una berma porque ni siquiera sabe qué es eso, que se mete y cierra a cualquiera que le deje medio centímetro de ventaja. Este personaje normalmente va y purga todas sus culpas en una marcha convocada mediante alguna red social y patrocinada con gran interés por un noticiero de alcance masivo.

Está el que conduce con la silla muy reclinada, el que mastica chicle con la boca abierta y un particular movimiento de quijada, el que interrumpe cualquier conversación porque se considera más importante que los demás, el que suelta palabras al vacío sin un destinatario concreto, el que se ríe de lo que no es chistoso, el que tutea cuando no debe hacerlo, el que es despectivo con la gente humilde, el de las marcas finas, el pretencioso, el que cree en un dios pero no practica, el que nunca se calla y tampoco escucha, el que saca prestado y no devuelve, el morboso, el mentiroso, el impuntual que no siente respeto por la persona que lo está esperando, el que vive con pereza, el que finaliza un e-mail escribiendo “cualquier inquietud con gusto”, el de aguas tibias que nunca es negro ni blanco sino siempre gris a conveniencia, el que siempre vive con bufanda, el que no abre la ventana en un bus, el tacaño, el chistoso que no lo es, el lindo que no lo es, el diferente que mejor es indiferente.

Son muchos monstruos, muchos anti-modelos, muchas situaciones con las que los puedo crear y alimentar, pero repito, no pretendo ser moralista ni juez, no pretendo determinar qué está bien y qué está mal y aclaro, mis monstruos no me amargan, aprendí a alimentarlos y ser feliz haciéndolo, no sufro con eso, aunque a veces gruña también aprendí a reír y prefiero tenerlos para burlarme de ellos. 

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