Quizá
siendo niños todos anhelamos muchísimos objetos o regalos, que por alguna
razón, jamás tuvimos la oportunidad de tener. Puedo perfectamente recordar
algunos momentos en que de pie junto a mi cama, con el cuerpo completamente estático
y la mirada concentrada en algún punto específico de mi cuarto me imaginaba el
instante preciso en que recibiría el regalo, lo desempacaría, lo contemplaría
de cerca, lo acercaría a mi nariz para sentir su aroma y lo acariciaría al
tiempo que le diría un par de palabras de cariño antes de trasladarlo al lugar
que previamente ya le había reservado dentro del gran universo mágico que
componían los objetos de mi organizado cuarto.
Pueden
existir diferentes razones por las cuales jamás pude llegar a tener esos
regalos, algunas podrían ser de tipo económico, otras por falta de
merecimiento, otras estarían marcadas por la poca oferta del objeto en cuestión
e incluso algunas, ahora que lo pienso, se debían a que simplemente los dejé
para que mis padres lo adivinaran, aun sin que se tratara de algo lo
suficientemente obvio. Pero hay una de esas razones que solo hasta ahora con
madurez puedo deducir y está relacionada directamente con el hecho de que mis
padres siempre tuvieron suficiente tiempo para mí y jamás sintieron la
necesidad de reponerlo con regalos.
Me
voy a permitir mencionar apenas uno de esos regalos que nunca llegaron y que de
una u otra manera siempre he recordado:
Deseé
profundamente poder tener un par de tenis de luces, de esos que alumbraban con
una luz roja en cada paso que se daba, para ese entonces, mis anhelados tenis
eran ofrecidos tan solo por la marca americana “L A Gear”, que sobra decir, era demasiado costosa y prácticamente
inalcanzable para una familia de clase media colombiana. Con la conciencia
plena de que el costo sería un impedimento insuperable para obtenerlos me di a
la tarea de emprender su fabricación puesto que contaba con los elementos
necesarios para ello, un par de tenis viejos pero en buen estado, dos bombillos
extraídos de unas linternas que andaban abandonadas en algún cajón, un poco de
cable, cinta y un par de pilas. Solo faltaba el conocimiento de electrónica,
que a falta de una herramienta como el Internet llegó como consecuencia de la
desarmada de un carrito de pilas que por obvias razones solo hasta ese momento
funcionó. Con todos los implementos sobre el escritorio de trabajo, con el
conocimiento fresco en mi cabeza y con una ilusión gigante en el corazón decidí
elaborar la lista de actividades y pasos a seguir. Pero es aquí cuando el desaliento
y la tristeza llegan de nuevo a mi alma, bastó con que me hiciera apenas tres
preguntas para que con rabia desechara de inmediato mi ambicioso proyecto: ¿de
qué tamaño sería la dolorosa perforación que debía hacer a los zapatos? ¿en dónde
quedarían ancladas las pilas, dentro o fuera de los zapatos? ¿cómo le daría la
intermitencia a los bombillos de tal manera que no parecieran dos cascos de
minero puestos en cada uno de mis pies? Cada pregunta me surgía de la nada,
llegaban y yo las percibía como percibe un boxeador los golpes que lo dejarán knock
out después de ir ganando la pelea.
Años
más tarde, cuando mi proyecto se encontraba por supuesto desechado y mi deseo
prácticamente olvidado, por alguna razón pude enterarme que por fin el mercado
y la globalización le dieron paso a muchas otras marcas de tenis de luces,
muchas de ellas no tan finas e incluso algunas de fabricación nacional, los
costos de esos anhelados y lujosos zapatos bajaron tanto que cualquier familia
colombiana con un ingreso incluso un poco menor al del promedio tendría la
oportunidad de acceder a ellos. Para ese entonces yo debía tener aproximadamente
16 años, de tal manera que más que vergonzoso e infantil sería un acto
completamente ridículo pretender salir con mi novia y preparar para ello mi
mejor pantalón, una camiseta blanca sin estampado y una camisa a cuadros que
luciría desabotonada dando a mi aspecto un tinte moderno y juvenil que sería complementado
por unos hermosos tenis de luces que no otorgarían ni una mínima parte de la discreción
que se le quiere imprimir a ese tipo de citas. Claramente primó la madurez,
asumí nuevamente que jamás los iba a tener.
Mi
hijo ya tuvo un par de tenis de luces, no de la marca “L A Gear” pero finalmente alumbraban de una manera espectacular,
con una intermitencia secuencial e incluso con luces azules y rojas que prácticamente
se fundían en un hermoso color violeta como de patrulla de policía de juguete.
Muy probablemente él jamás comprendió por qué le pedía cien veces al día que
saltara o corriera con sus tenis para verlos alumbrar, muy probablemente no
comprendió tampoco que sus zapaticos iluminaban algo más que su andar.
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